Hay dos tipos de personas; aquellas que huyen de los problemas y aquellas que los enfrentan con una sonrisa torcida, una mirada fría y la mente en llamas.
Ese era uno de los lemas más importantes de Lucía, tal y como se lo había enseñado su padre. Y ella pertenecía sin lugar a dudas al último grupo. Hoy Lucía iba a por todas. Sí o sí.
Cogió la mochila que se apoyaba contra la mesa. Estaba vieja, raída, de un color que era difícil distinguir pero era suya, y de nadie más. Echó a correr por los pasillos con ella en el hombro. Controló la hora. Los del instituto de al lado saldrían en pocos minutos pero podía llegar a tiempo.
Casi sin aliento se situó frente a la puerta de salida y se apoyó contra la verja. Justo en ese momento sonó un timbre, alto, agudo y lacerante. Y una manada de adolescentes atropellaron las escaleras del edificio en pos de la ansiada libertad que ofrecían las calles. Entre ellos, una morena de rizos y nariz afilada reía, junto a otros dos individuos. Su figura, baja y rechoncha no destacaba entre la multitud que se abría paso a empujones a su alrededor pero Lucía podía localizarla sin problema en cualquier parte.
Cuando la gente se empezó a disipar vio el momento de acercarse. Se colocó detrás de ella y esperó a que sus amiguitas de melenas largas y ademanes pijos la avisarán de su presencia. Dándose la vuelta enseguida y con una mueca de asco, fijó sus ojos en los de la chica que esperaba.
- Eres patética -concluyó con una sonrisa de suficiencia. - Ya te dije que podías quedarte con mis sobras. No me llegas a la altura del talón, ¿vale? Te habrás quedado con el pero en el fondo sabes que he ganado.
Lucía, con un gesto de pacífica comprensión acercó su boca a aquella malnacida y pronunció en voz baja:
- Venía con la idea de explicarte que esto no era un juego. Pero ahora tengo mis serias dudas acerca de conseguirlo -la sonrisa de aquella niña de nariz afilada se perdió ante el repentino tono serio de su voz. - No es una competición pequeña. Nada de lo que me hagas, de lo que digas o de lo que grites hará que vuelva a ti. Así que aléjate de mí y déjanos en paz.
No había elevado el tono en ningún momento pero tenía la sensación de haber gritado a los cuatro vientos sus palabras. El peso que la había estado aplastando los últimos días desaparecía. Había arreglado lo que tenía que arreglar. Por supuesto, haber dejado sin palabras a aquel especímen habría sido toda una satisfacción. Pero aquellos gritos agudos que dejó a su espalda mientras se daba la vuelta de camino a casa, tampoco le molestaban. Ahora, nada de lo que hiciera la iba a molestar.
Con la capucha puesta y las manos en los bolsillos, Lucía siguió su camino entre los charcos de la acera, sacando conclusiones y añadiendo retoques a la sabiduría que había recogido de su padre.
Hay un tercer tipo de personas, generalmente imbéciles, aquellos que se inventan los problemas.
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miércoles, 4 de noviembre de 2009
jueves, 15 de octubre de 2009
H
"quiero llegar al fin del mundo CONTIGO, que seas TODO para mí, hacerte SONREÍR cuando el mundo te dé razones para llorar, que me hagas tocar las ESTRELLAS cada noche, que me hagas sentir como una TONTA que te quiere demasiado, que me digas "eres PRECIOSA" cuando te dé el punto romántico... simplemente quiero ser tu VIDA, quiero vivir mi vida contigo"
Arrancó la página en la que hace tanto tiempo había escrito aquellas palabras y la arrugó con fuerza. Cogió un mechero y colocándolo debajo de la bola de papel, espero hasta que se deshiciera. Hecho esto, pasó página y fue a por la siguiente.
Poco a poco, su diario fue reducido a cenizas.
Arrancó la página en la que hace tanto tiempo había escrito aquellas palabras y la arrugó con fuerza. Cogió un mechero y colocándolo debajo de la bola de papel, espero hasta que se deshiciera. Hecho esto, pasó página y fue a por la siguiente.
Poco a poco, su diario fue reducido a cenizas.
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domingo, 30 de agosto de 2009
F
Después de una noche de locuras, su espalda descansaba sobre una pared fría. Un fuerte olor a degradación y decadencia le inundaba la nariz. Se bajó el vestido como pudo y observó, al fondo, una figura oscura y borrosa que se acercaba a paso rápido.
-Esta noche me ha costado seguirte la pista.
Se inclinaba sobre ella y le sujetaba el rostro comprobando su consciencia. Movió la cabeza negativamente. Lucía gimió, dolorida, cuando el hombre le pasó un brazo por los hombros y la alzaba en el aire, pasándole el otro por las piernas. Comenzaron a caminar, mientras ella luchaba por mantener sujeta la cabeza.
Su último, aunque vago recuerdo fue un beso, suave, en la frente. Y siguiéndolo, aquella voz.
-Hasta mañana, amor.
Al día siguiente, ya cerca de la hora de la merienda, un fuerte de dolor de cabeza y una sed asfixiante la despertaron. Tambaleándose, fue a buscar algo para el estómago. De camino al sofá del salón, pasó por su cuarto y sin ni siquiera leerla, arrugó la nota que había posada en la mesilla, tirándola junto a unas cuantas que amenazaban con desbordar la papelera. De todas ellas, solo había leído las tres primeras.
"Déjalo ya, alguna noche me cansaré de ir a rescatarte"
Con la cabeza a punto de estallar, se estiró para ver la tele y descansar. En dos horas tendría que empezar a prepararse, la esperaba la borrachera prometida.
-Esta noche me ha costado seguirte la pista.
Se inclinaba sobre ella y le sujetaba el rostro comprobando su consciencia. Movió la cabeza negativamente. Lucía gimió, dolorida, cuando el hombre le pasó un brazo por los hombros y la alzaba en el aire, pasándole el otro por las piernas. Comenzaron a caminar, mientras ella luchaba por mantener sujeta la cabeza.
Su último, aunque vago recuerdo fue un beso, suave, en la frente. Y siguiéndolo, aquella voz.
-Hasta mañana, amor.
Al día siguiente, ya cerca de la hora de la merienda, un fuerte de dolor de cabeza y una sed asfixiante la despertaron. Tambaleándose, fue a buscar algo para el estómago. De camino al sofá del salón, pasó por su cuarto y sin ni siquiera leerla, arrugó la nota que había posada en la mesilla, tirándola junto a unas cuantas que amenazaban con desbordar la papelera. De todas ellas, solo había leído las tres primeras.
"Déjalo ya, alguna noche me cansaré de ir a rescatarte"
Con la cabeza a punto de estallar, se estiró para ver la tele y descansar. En dos horas tendría que empezar a prepararse, la esperaba la borrachera prometida.
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viernes, 28 de agosto de 2009
E
Un pintalabios rojo brillante, los ojos ahumados, un toque de color bajo los pómulos.
Se dio la vuelta, metió sus pies en aquellos tacones de 12cm y con el bolso de lentejuelas en la mano, se fue tras la borrachera prometida. Cogería el mayor pedal de su vida, se rompería los pies en la pista y calentaría la cama del caballero más cercano.
Para olvidar por una noche que al día siguiente, el dolor la esperaría fiel.
Se dio la vuelta, metió sus pies en aquellos tacones de 12cm y con el bolso de lentejuelas en la mano, se fue tras la borrachera prometida. Cogería el mayor pedal de su vida, se rompería los pies en la pista y calentaría la cama del caballero más cercano.
Para olvidar por una noche que al día siguiente, el dolor la esperaría fiel.
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miércoles, 26 de agosto de 2009
D
Lucía apoyaba su cabeza sobre la almohada, aferrándose a ella con fuerza mientras clavaba sus ojos en el mapa mundi que colgaba de la pared. Esta vez, estaba borroso, las lágrimas enturbiaban su vista, y más que su vista, el corazón. Cada vez con más ganas, intentaba controlar los sollozos; si había algo que no le gustaba de llorar era la falta de aire que estos provocaban. Pero al fin y al cabo, estaba acostumbrada. No es que su vida fuera inusualmente triste, difícil o aterradora. Simplemente, no podía evitar llorar cuando no se sentía feliz.
Él la conocía, conocía su pequeña y odiosa inclinación al pesismismo y su debilidad ante la angustia. Pero, como otras veces, aquel estúpido orgullo le impidió coger el teléfono, marcar su número e intentar convencer a aquella niña a la que amaba de que todo estaría bien, que jamás dejaría de quererla.
Él la conocía, conocía su pequeña y odiosa inclinación al pesismismo y su debilidad ante la angustia. Pero, como otras veces, aquel estúpido orgullo le impidió coger el teléfono, marcar su número e intentar convencer a aquella niña a la que amaba de que todo estaría bien, que jamás dejaría de quererla.
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